
Desde la distancia que le concierne al tiempo, allá, desde esa simulación de lejanía que es el teatro de las tres pistas, me gusta considerarme fermento, sustancia en espera de la efervescencia espumosa que la delataría como completa.
Colgado del suelo, agarrado de donde supuestamente ya no se puede pasar, creando raíces a través de piedras para explanar lo profundo. Ahí, en ese lugar que se hace con hacer, distraigo a la hechura inevitable con racimos de palabrerías inútiles que son aceptadas por el viento como disimulo de su hambre perforada, toma desde dentro, introduce sus manos hasta las entrañas, hasta ahí le gusta llegar, tocando el fondo del ser, para llevarse un poco de él, hacía la cascada que es guiada por el beso de la luna. Abstraído, vuelto al ser, el ojo izquierdo fatiga su movimiento para callarse sanguinario, manso, las cifras de la mirada ciclope buscan encaje, la luna abre sus piernas, entra el plenilunio, los capilares oculares ondulan en su palpitar, la pupila abre su despertar para eclipsar lo evidente, debajo del agua cantaba la rana.