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Según comprendo, si es que eso es posible, sin el afán de creer, no hay forma siquiera de encontrar la motivación suficiente para inventarse un diálogo. Pero bueno, habrá que confesarme un mentiroso, un farsante que se escabulle entre las rendijas del espectáculo con aliento a fármaco, a medicina hecha polvo para no incomodarse en moliendas. Las mentiras no se engullen al igual que las verdades, a las mentiras hay que inventárselas. Las verdades ya están hechas, vienen en píldoras recubiertas con sabores diversos; me gustan las de chocolate, a esas es fácil confundirlas con dulces de leche, pero cuando se acaba la cubierta, revelan su condición de amargor casi insoportable. Ese sabor sintético que sabe a engaño. En vano molestarse o tratar de escupir, lo mejor, según mi experiencia, es engullir y ser paciente, casi siempre el cuerpo, si es que se tiene uno, se encarga del resto mediante sus múltiples formas de excretar. Hay quien comienza a arquear, y luego de unos momentos, le viene un vómito que acarrea líquido biliar. Otros, afirman sentirse reconfortados por el reto que conlleva no hacer gestos ni dar señales de incomodidad. Y otros tantos, pero no muchos, dicen que ese amargor es dulce. Claro está, que a la mayoría les da por escupir y carraspear, en un intento desesperado por eliminar ese sabor a muerto. El problema con la negativa a aceptar el sabor, es que al paso de los días, cuando se habla o se platica, ocurre la reminiscencia inadvertida, de hecho, es tan sorpresiva, que se antoja culpar al ambiente, pero como no se encuentra correspondencia en al ambiente con el fruncimiento del rostro que ese mal sabor de boca provoca, lo que regularmente se hace es disimular. Aunque lo único que se consigue al disimular es desviar el fruncimiento a algún otro lado, ese otro lado puede encontrarse en el mismo cuerpo, pero si éste no da señales de vida, el otro lado se convierte en destino, en un futuro igual de sorpresivo que el amargor restringido.
Las mentiras, serían la alternativa cuando no se tiene ningún fármaco a la mano. Las mentiras, esas si, encuentran correspondencia con el ambiente porque vienen de allí, no del ambiente en sí mismo, sino de la correspondencia con él. El ambiente, regularmente se encuentra muy ocupado. Durante el día, y también por la noche, debe cubrir muchos pendientes. No sé si el ambiente esté de acuerdo del todo con lo que estoy diciendo aquí sobre sus ocupaciones, pero en esta ocasión me tomare el derecho, además, considero que las acciones individuales son las que menos le importan. La correspondencia con el ambiente es algo complicada, pero cuando se da, parece ser lo más simple, tanto así, que se olvidan los reclamos que se podrían tener por su falta de atención. Cuando se logra que algún comunicado de nuestra parte tenga relevancia, y logre hacer eco, esto es, que se vuelva a oír lo que decimos, nosotros los humanos sentimos un alboroto en la entrañas; el corazón se agita y nos vivimos relevantes. Hago la aclaración, que todo lo demás existente, también se agita y se conmueve, pero este palpitar no es momentáneo, ni sucumbe ante cavilaciones que giran en torno a la propiedad o la impropiedad. Tampoco lo existente considera al eco como una contestación o constatación de respuesta. Por eso, lo humanos no podemos saber de verdades, porque nos las tomamos muy en serio, las queremos tomar en horarios fijos, de una manera aséptica, y de aquí nuestra mayor estupidez: sin involucramientos, que es el principal requisito del ambiente para su correspondencia. Entonces habrá que contar las cosas mintiendo, para que no se tomen muy en serio, y así quizás la verdad quepa en el cuerpo.
