
El recuerdo viene como olas, tan solo el murmullo de olas, la brisa de las olas. De repente es como si fuera año nuevo, como si afuera se celebrara con bailongo la llegada de algo nuevo. Me encuentro sospechosamente tranquilo, o no sé si mi estado se debe a la aceptación de la sospechosa intranquilidad. Cumbia, imagino la fiesta, las parejas girando, botellas de bacardi en las mesas hechas un lado para ampliar la pista de baile, las camisas sudadas de las axilas, el ajuste periódico de los vestidos strapless. Me gustaría estar ahí, me hubiera vestido con una camisa blanca, unos pantalones oscuros y un cinturón con la hebilla discreta. Quizás estaría observando a un lado de la pista, en la banqueta, fumándome un cigarro y tomando cerveza en vaso de plástico o probablemente de unicel, porque ya para la madrugada se sirve café en estos vasos para acompañar el pastel. Mi atención iría hacía la mujer sentada en la mesa de alado, sería joven, de unos veinticinco años. La observaría de soslayo, esperando cualquier indicador de interés por mi presencia. Lo más común sería proponerle bailar, pero debido a mi falta de práctica con el baile me encontraría pensando en sentarme junto a ella, en la silla desocupada que sostiene un saco en el respaldo. Ese saco sería lo único que me detendría, pero al mismo tiempo suponer que viene acompañada y que aún así se encuentra sola, sería motivo de mi curiosidad hacía ella. Sigo sin entender porqué la soledad acompañada de una mujer es un aliciente para mi atención. Si juego al pensamiento invertido me doy cuenta que me estoy viendo en ella, porque ese saco de la silla de al lado bien pudiera ser mi saco, y entonces yo sería esa soledad que la acompaña ¿por qué querer estar donde ya me he ido? Pudiera culpar a la nostalgia, pero bien se sabe que la nostalgia no nos pertenece, pero pensar así me lleva a un nihilismo que hace inútil cualquier emoción, y cualquier acción que ésta promueva. El sentido de estar se tambalea debido al esquema un tanto rígido que impone la simultaneidad de la pertenencia con el estar. Si me conmuevo es porque creo estar allá, donde me veo, y es ese allá el que regresa con el recuerdo que es convertido en un suspiro inhalado que golpetea en el pecho y enciende la percepción del latido, la sangre fluyendo, la tormenta en el cerebro ¿Hasta dónde habrá que ir a traer la leña de este fuego? Creo que en cada respiro existe la posibilidad de alcanzar el recuerdo, es como echar el hilo de la caña al rio, que a su regreso puede arrastrar cualquier artilugio náutico que nos ayude a navegar.