jueves, 19 de julio de 2012






El sombrero Mágico.
Erase una vez un gran mago que ofrecía sus funciones en un hermoso teatro ubicado en el centro de aquella luminosa ciudad. Aquella noche los candelabros colgaban relucientes desde el techo y alumbraban con gastados sirios el escenario y las butacas, dándole al lugar una apariencia sutilmente entintada de dorado y perlas negras en los rincones a los que casi no alcanzaban a llegar las caricias de la luz, que tenue se deslizaba entre las grietas de la madera y el telón para asomarse a los camerinos en donde se aprestaban extras, actores y demiurgos preparándose para su entrada triunfal.
Como era costumbre, este gran mago tenia previstos una serie de trucos bien elaborados, sin embargo en esta noche de luna llena tan especial, se había anunciado en los carteles promocionales la inclusión de un nuevo truco magnifico, nunca antes presentado en ningún lugar ni en algún teatro, al que esté gran mago le había dado por nombre: el sombrero mágico.
Las butacas se fueron pintando de colores rosas y pasteles entre pinceladas oscuras y rojas. De guantes blancos con sombreros de copa se engalanaban los caballeros y de chalinas verdes y amarillas, azules y algunas color de luna, los cuellos de las bellas damas.
Para las nueve de la noche el lugar estaba casi lleno salvo algunas secciones en lo profundo del teatro, la cortina carmesí permanecía cual velo entre las butacas y el escenario, detrás de la cual iban y venían los organizadores del evento disponiendo los artículos que formarían parte del espectáculo.
El gran mago se paseaba entre sus achichincles repasando cada movimiento que efectuaría como parte de sus trucos, checaba con las edecanes las piernas falsas del cajón en el que las partiría a la mitad, y se cercioraba de que el serrucho de hule estuviera bien afilado. Revisaba los seguros de las cajas de doble fondo para que no se atorarán o desatorarán cuando fuera el momento. Los payasos deberían de estar bien maquillados y las sogas mal anudadas para deshacerlas en los actos de escapismo.
Y para rematar decidió relajarse minutos antes de comenzar el espectáculo al interior de su camerino, en donde frente al espejo comenzó a practicar una ultima ocasión el novedoso truco que presentaría esa noche para complacer a su audiencia.
Se trataba de un acto de magia que consistía en la aparición de tres pequeños conejos y una paloma blanca tomados del interior de un sombrero de copa, el cual, obviamente, tenía dos compartimentos secretos en donde se guardaban los animales bien apretujados.
Se dispuso frente al espejo y le exclamo a su doble reflejado que le hacia las veces de espectador, que a continuación aparecería nada mas y nada menos que a unos animalitos de una dimensión alterna a donde él podía acceder a través del fondo de su sombrero… y comenzó a zambullir su mano y luego todo su brazo al interior del mismo.
Sus ojos se asombraron abriéndose mucho más de lo usual cuando se percato de que al ras de su hombro aun su mano no tocaba fondo… retrajo un poco el brazo y tanteo las paredes del sombrero con las yemas de sus dedos… luego volvió a deslizar su brazo intentando llegar al fondo de la copa, hasta que de nuevo su hombro le impidió en la boca del sombrero proseguir su marcha hacia su destino… ¿que andaba mal? pensó para si mismo, y cuando retiraba el brazo del interior del sombrero, algo que se sentía como echo de peluche tomo su mano asiéndola fuertemente y lo jaló hacia abajo más al fondo de aquel sombrero mágico, y al instante comenzó una lucha de fuerza entre el mago queriendo sacar su brazo del sombrero y aquella fuerza proveniente de lo que se sentía como un bracito de peluche que lo succionaba hacia el interior.
Se cayeron los percheros que sostenían sus capas y otros sombreros, antifaces y disfraces. Se voltearon las mesas en la rencilla entre el sombrero y el mago, mientras los jaloneos giraban por todo el camerino hasta que el bracito de peluche atesto tremendo jalón al tiempo en que la copa del sombrero se abría como la boca de un león para tragarse el cuerpo entero de aquel gran mago que ya escuchaba el palpitar de su corazón casi reventándole los oídos.
Y ahí va, este incauto mago cayendo estrepitosamente en un vacío oscuro sin fondo aparente, sin tener noción ya de donde era arriba y de donde abajo, ni pa’ donde iba ni de donde venia, hasta que en la lejanía al final de lo que parecía una resbaladilla echa de algodón y lana, se dejo ver una lucecita que resulto, cuando alcanzó la misma, ser una puertecilla por la que entro volando este personaje ya en apuros.
A una visión borrosa le siguió otra en la que todo estaba duplicado y a veces triplicado dándole vueltas  hasta enfocar mejor la estancia en donde ahora estaba, talló sus ojos para descubrirse al interior de un cuarto, entre tres figuras que permanecían sin distinguirse del todo, en torno a una fogata.
Balbuceaba el mago quien sabe que, cuando una de las extrañas figuras ensombrecidas exclamo –Shhhhh…- Ya más repuesto y ahora alarmado por la función que hacia unos momentos estaba a punto de dar en el teatro, se incorporo de un salto y pidió que le permitieran salir de allí y le indicaran en donde se encontraba o en que parte del teatro estaba, el sótano, ¿será? Pero no obtuvo ninguna respuesta por parte de aquellas misteriosas criaturas.
Desesperado después de un par de gritos se acercó al personaje que tenia más cerca y lo zangoloteo para descubrir horrorizado que no era otra cosa que un gran conejo sentado en sus posaderas de frente al fuego. Asombrado se echo para atrás hasta topar con otro de los presentes en torno a la fogata que también era un gran conejo, que le dijo deteniéndolo en seco: ¿Quién eres?
Nada podía articular aquel mago en la impresión de que tremendas criaturas lo rodearan, aquello parecía ser una pesadilla y se decía a si mismo que estaba teniendo un mal sueño, cuando la pata de otro de los conejotes le tomo el hombro y le pregunto: ¿De donde vienes?
Ya sus ojos no daban para abrirlos más del susto en el que su corazón se revolcaba cuando le empujo la mano a este conejo y trastabillo cayendo frente a la fogata sin fuerzas del asombro, luego el último de los conejos se inclino a su lado y le cuestiono al oído: ¿A dónde vas?
Asustado el mago trato de articular palabra sin reparar en lo bizarro de aquel evento, simplemente parecía haber aceptado que se había vuelto loco y que aquello respondía a los delirios que lo envolvían, luego dio respuesta a los cuestionamientos desde su razón… y tartamudeando mascullo que: era el gran mago tal por cual, que venia de aquella gran ciudad llena de luces y colores e iba a dar la función de su vida con teatro lleno en unos minutos, aunque de eso ya no estaba tan seguro… después al pensarlo un poco más, tampoco de ninguna de las otras dos respuestas estaba así de seguro teniendo a tres conejos bien nutridos, erguidos sobre sus dos patas cuestionándolo sobre quien sabe que tantas cosas.
-No, no, no…- Susurro uno de ellos mientras alimentaba con mas leña al fuego de cunclillas hacia la lumbre. Luego otro tomo del brazo al mago y le ayudo a reincorporarse del suelo, esté otro absorto con los ojos desquiciados lo siguió tembloroso hasta una puertecita que apenas alumbraba la luz de la fogata, y entreabriéndola le dijo susurrándole al oído que no iría a ninguna parte si no respondía a las preguntas que se le habían hecho frente aquel fueguito. Y que hasta entonces, podría andarse por ahí afuera en el jardín, con mucho cuidado, tratando de resolverlas antes del amanecer.
Luego lo empujo de un solo golpe al exterior que era en efecto un hermoso jardín parte de otro frondoso bosque. Tartamudeando quien sabe que balbuceaba mientras yacía en el pasto tirado, y como pudo se levanto descubriendo que aquel cuarto del que lo habían echado, era en realidad el interior de un gran árbol que le servía de casa a los conejos estos.
De inmediato regreso a tratar de abrir la puerta pero estaba atascada por dentro y luego se soltó a gritar que le dejaran entrar, que le abrieran de inmediato, pero ya no obtuvo mayor respuesta hasta que se canso y sollozando se deslizo hasta yacer de nuevo tirado en el pasto.
Permaneció allí un largo rato sin reparar en nada más que su incertidumbre, se apoderaban de su mente pensamientos sobre la pesadilla en la que seguramente estaba sumido, dos o tres cachetadas se propino a él mismo con la intención de despertarse de tan mal sueño pero solo el ardor del cachete le punzaba. Entonces se incorporo con la intención de buscar algún camino que lo condujera lejos de aquel árbol-casa y quizá, en una de esas, al lugar del que provenía.
Sin rumbo se puso a vagar entre los árboles y nada parecía tener sentido alguno, no soplaba ningún viento ni el calor del astro le quemaba o le hacia sudar. Pronto reparo en que la bizarrees de aquel escenario era irreal, pues ocupaban la esfera celeste tanto la Luna como un gran astro blanco brillante que parecía a punto de meterse por el horizonte de su lado izquierdo, ninguna de los dos cuerpos astrales parecía moverse, la Luna suspendida en el extremo derecho brillaba tenuemente con una luz aperlada, mientras lo que parecía ser el Sol, no impedía con la brillantez de su lumbre, verlo directamente y tampoco parecía quererse mover de donde estaba, a punto de ocultarse por el horizonte, pero no más no lo hacia.
Entre ambos, a pesar de la luminosidad de aquellos, otras estrellas lejanas atiborraban el cielo inundándolo de pequeñas luciérnagas encendidas a cientos de miles de millones de años luz. Al distraerse del cielo y escudriñar la fauna a su alrededor, descubrió que los pétalos de las plantas y sus tallos estaban tapizados de una especie de tela aterciopelada, además de que exageraban las proporciones de sus flores, las cuales eran inmensas. Un camino de musgo se dibujaba en el suelo y se perdía en el horizonte hacia donde no se decidía a ocultar el astro. Todo parecía estar suspendido en el tiempo y entonces se puso a caminar en ese sentido.
Perdió de vista el firmamento por que entre los árboles inmensos y las flores gigantes se interno siguiendo el camino de musgo hasta que llego al final del mismo que salía a la caída de una hermosa cascada de agua, que brillaba con azules turquesas entre perlas plateadas.
De frente a él hacia abajo, el vacío de la caída de agua que no parecía tener fin, o al menos no lo alcanzaba a ver desde el punto en el que se encontraba. Sin embargo, en la lejanía, un inmenso mar se alzaba hacia el horizonte en donde permanecía inmóvil el astro en su brillantez.
Entonces, al parpadeo, vio, como de esta esfera astral, emanaban pequeños filamentos de luz tornasol que se extendían en todas direcciones uniéndolo todo como una gran telaraña cósmica. Aquellos hilos luminiscentes atravesaban toda la existencia a su alrededor y la unían en una sola, no tardo mucho en percatarse que uno de esos hilitos de luz multicolor le llegaba al vientre y ahí se adentraba en su piel como si lo alimentara de algo, luego al levantarse su camisa, vio como de su ombligo aquella luz distribuía los colores por sus venas hacia todo su cuerpo y como en transparencias, observo su corazón tras su pecho inflamado de luz blanca palpitando como fuego en la hoguera.
Nuevamente sus ojos no daban cabida a lo que veían y tras ellos, menos su interpretador central receptáculo de su razón. Sin embargo, ocurrió algo que quebró aquella instancia psíquica y con un suspiro se lleno de goce al aceptar que todo aquello era parte de lo mismo, del gran misterio y del gran espíritu universal.
Entre las flores, plantas y los árboles que estaban a su espalda, salieron los tres enormes conejos, el más adelantado le tomo del hombro y el mago volteo para encararlos. Su cara no tenía pavor alguno sino un dejo de aceptación bien profundo. -Ya sé- Dijo… -Somos Luz, venimos de la Luz y vamos hacia la Luz.- Y en ese instante, los conejos acertaron con sus cabezas y el que estaba mas cerca de él lo empujo fuertemente hacia la caída de la cascada, tan fuerte que el mago, con sonrisa y todo, callo estrepitosamente hacia el vació mientras gritaba, ahora desencajado.
De un momento a otro fue tomado por el cuerpo de una inmensa paloma blanca que lo llevo en su lomo hacia la fuente de la Luz en el horizonte, entre más se acercaban más impulso tomaban hasta que pareció que chocarían contra el faro en llamas pero lo que ocurrió fue que en el deslumbre, un flashazo lo dejo completamente ciego.
No sabe, ni recuerda, cuanto tiempo paso, pero de un suspiro despertó hallándose rodeado de algunos paramédicos que le indicaban que permaneciera tranquilo. Recuperándose más se descubrió acostado en el sillón de su camerino. Todo a su alrededor tirado como si hubiera pasado un torbellino; sus asistentes, con caras largas y semblantes desencajados, lo habían hallado desmayado en el suelo y todo lo demás echo un desastre después de que la segunda llamada, para iniciar la función, había sentado a los asistentes en sus butacas.
Ahora llevaban diez minutos de retraso y colorín colorado, este cuento, se ha acabado. 

Giuseppe Olav