lunes, 5 de marzo de 2012

Va y viene

Ya hace tiempo que no intento destilarme, mi sabor aspira al fermento y sucumbe a la caricia dulce del aliento. Golpeteo las teclas de este teclado intentando crear una musicalidad que compagine con la arritmia incesante de la perenne finitud que sisea entre la imaginaria sinuosidad ¿cómo poner un grito en frases y enunciados que sucumben a un ordenamiento paradigmático? ¿cómo dialogar con el espejo sin rebotar en lo pleonástico? Se podría sucumbir al antojo imaginario de inventar el paralelismo entre imágenes contrarias, pero ya lo paralelo (parallelos) indica un algo al lado de otro algo, algo junto a algo. De ahí que lo paralelo continúe definiendo lo contrario. Aunque, quizás con un agregado sincrónico, aquello paralelo brinde la motilidad ilusiva de pertenencia. Es decir, pareciera ser que lo contrario que obedece a una motilidad simultánea genera la ilusión de pertenencia. Diríamos que aquello que se mueve a la par de aquello otro se pertenece por la correspondencia en tiempo de desplazamiento. Por lo tanto, no sería suficiente la contigüidad espacial para reconocer un algo con otro algo, puesto que sería necesaria la afinidad temporaria en movimiento. Es decir, si un algo se mueve en conjunto con otro algo se pertenecen. He aquí el esbozo de la gesticulación animada, el estrago de registrar sinestesia por la indicación ofrecida en la visualización de de lo propio en la impropiedad de la distancia. Por eso, es la distancia la creadora de la cercanía, puesto que aquello distante ya es proximidad en el momento de la consideración -con (junto) sideros (astros)- En tanto se trae algo de la desconsideración a la consideración ya se pone de manifiesto la conciencia que relaciona lo sensorio con aquello que se muestra en la lejanía. Ahora bien, lo que se muestra puede advenir inminentemente, puede, también, verse en un posible ir hacía ello, o presentarse sin más en un ahí que irrumpe en la proximidad puesto que la atropella por falta de avistamiento. Pero el registro es aquí el relieve, es la textura del imago que se pone al alcance de la asignación, como en la escritura antigua hecha de cuero, acuñada desde el interior para leerse por fuera, así mismo, lo contingente es puesto en relieve por la composición inmediata e informe, para luego irse compaginando con los restos de registros anteriores. El advenimiento de lo real se impacta con la atmosfera psíquica y es traducido en el meteoro de la metáfora, como un destello estratosférico que desaparece dejando un pequeño rastro- resto que demarca la percepción espacial de la siguiente impronta que irrumpa en la estabilidad ilusoria de la cotidiana existencia. Es la ráfaga: el tildar que se escabulle del distraimiento, se esconde entre los escondrijos representativos para luego mostrarse en la ausencia de imagen, por eso, desde esta perspectiva, la escases representativa, la ausencia de lo simbólico, devendría en presencia indicativa de la ausencia, de tal manera que la imagen que se muestra en el escenario psíquico no tendría relevancia más que en su orientación indicativa, no hacía su enlace con otra imagen (metonimia), ni hacia la búsqueda del sentido en su movimiento reflexivo (metáfora), sino en la indicación misma del movimiento del tiempo, y por lo tanto, sería una focalización de la atención no hacía una interpretación exegética o reflexiva, puesto que eso conllevaría un cumulo de imágenes aun mayor, y se imposibilitaría el acceso a la percepción del devenir y provenir de los objetos…