miércoles, 8 de septiembre de 2010

La tortuga con alas


Consejo en forma de enigma: “para no romper la atadura, primero tienes que morderla”.
F.Nietzsche
Hoy no me preocupan mis planes, si empujo estas letras es con el afán de arrear la yunta con los dos bueyes de siempre, intentar crear la mitología buscada, para ver los rostros de esos dioses que se escriben con minúscula porque no tienen importancia. Todo sea para atar la caja de Pandora y elevarla hasta las alturas en donde su apertura haga el menos daño posible, sin embargo esta acción en búsqueda de protección hacía los otros es bastante sospechosa, porque elevaría la inmundicia, la colocaría en lo alto, en donde se pondría al mismo nivel que la superficie. Cómo otorgarle el prestigio del significado a aquello que había sido relegado, abandonado en espera de reconocimiento.
No hay más remedio, habrá que poner escaleras del sótano a la terraza. Habrá que explicarle al tiránico monopolio que existe diversidad de órdenes que ya están dispuestas a comenzar a subir la escalonada. Lo que sorprende al monopólico tirano, que en esta ocasión se disfraza de niño con una corona ridículamente grande en proporción a su cabeza, es que las entidades que llevaban tanto tiempo resumidas en lo profundo no apresuran sus pasos, es más, se toman el tiempo suficiente para acicalarse para su inminente presentación en las alturas. El niño coronado teme, observa el boquete abierto en el suelo. Teme el avistamiento de aquellos que despiden un olor a sangre, sudor y muerte. El agujero le recuerda la expulsión del cuerpo de su madre, le recuerda el exilio al que fue expuesto. La corona resbala de su cabeza y ahora lo abraza constriñéndole los brazos. Comienza a escucharse un silbido, un zumbido que desinstala la música superpuesta que hasta ese entonces se oía, un himno que hinchaba la sed de un triunfo ya ganado. Aquel zumbido vibrante comienza a abrirse, luego de esa apertura, vuelve a desdoblarse, y así sucesivamente hasta lograr tonos que luego se transforman en voces de igual manera vibrantes. Se escuchan cuchicheos, platicas acompañadas de sollozos irrisorios, carcajadas rupestres que desestiman la solemnidad. El primero en asomar la cabeza es el gorrión rojo, silba una tonada que expulsa de su pico sin abrirlo. El segundo, es el gato moteado, que con el destello de sus ojos esmeralda avisa la explosión de un rugido que más bien parece risotada. La tercera en salir es la tortuga que con una voz muy queda dice acordarse de algo que ya no recuerda. Luego, se escucha un bufido, la tierra tiembla, y en un instante aparece una mujer de piel roja que destella belleza por sus obscuros ojos rasgados. Un destello dorado sale del agujero, llega hasta el cielo y enciende los corazones de todos los ahí presentes. La corona, deja de aprisionar al niño que ya para ese entonces gemía porque se sentía desconsolado. La corona se levanta, gira hacía la izquierda y hace brillar sus nueve gemas. El gorrión rojo se conmueve tanto que abre el pico para decir: ¡Iren, ya se está lustrando la corona, hasta parece platillo volador! Mientras, el gato moteado saca una botella de mezcal y se la empieza a engullir. La tortuga se la quita de las manos, y también le da un sorbo, para luego exclamar con los ojos saltados que ya se acuerda de todo. ¡Cuéntanos!, le dice la mujer de piel roja. Amigos míos, hay que hacer un circulo y girar tan rápido como la corona, comenta la tortuga con la voz un poco barrida. Órale, ruge el gato moteado, a las tres, pero no nos vayamos a tropezar porque yo ando un poco mareado. Todos cuentan, menos la mujer de piel roja que se encuentra un poco desconcertada por el comportamiento de sus compañeros. Haber, ¡Cálmense!, dice ella. No te apures, mira, nomás dale un traguito al aguardiente y vas a dar vueltas aunque no quieras, grita el gorrión rojo que ya abre el pico para todo, aunque no esté hablando. Sus plumas, se separan de su cuerpo porque al parecer tiene mucho calor. ¡Pareces gallina culeca! Vocifera el gato moteado, al mismo tiempo que tose porque el aguardiente le raspó la garganta. La mujer de piel roja, accede y también se atraganta de mezcal, para luego decir ¡Ora si cabrones, vamos a girar! Todos se toman de las manos, comienzan a dar vueltas, ¡Más Rápido!, dice el gorrión que con sus alas a todos ayuda a volar. Giran y giran, hasta logar cierta uniformidad, pero la tortuga dice que quiere vomitar, esconde su cabeza en el caparazón, sus patas ya no tocan tierra, y eso parece asustarla. Del orificio del caparazón se puede observar el vomito chorrear ¡Sigan, sigan! Grita contento el gato moteado, que al sentirse tan entusiasmado pudo olvidarse de lo mareado ¡Ya no puedo con ella!, exclama la mujer de piel roja, refiriéndose a la tortuga, que parece estar inconsciente. Si no despierta, tendré que soltarla, es muy pesada, dijo ella. Si no la sueltas, no podremos elevarnos más, sugirió el gorrión, que para ese entonces su cuerpo parecía rodearse de un resplandor naranja ¡Te estás quemando!, se burló el gato, que ahora despedía una luz verdosa de sus ojos. Se escucho un grito, la mujer de piel roja ya había soltado a la tortuga ¡No se distraigan!, gritaba el gorrión ya enardecido. A pesar de sus esfuerzos por mantenerse elevados, comenzaron a descender, a la vez que la tortuga caía en picada. De repente, ocurrió algo inesperado, al caparazón de la tortuga le salieron un par de alas. Ella sacó la cabeza de su escondite, parecía igual de sorprendida que todos lo demás ¡Continúen girando!, a la tortuga le pueden salir rizos de oro, pero ustedes sigan dando vueltas, exclamó el gorrión encendido. Las alas de la tortuga empezaron a moverse, y justo cuando estaba a punto de estrellarse, logró levantar el vuelo, y como una avioneta ascendió rápidamente para incorporarse al círculo que ya venía cayendo en la forma en que caen las semillas de fresno. Al tocar las manos de la mujer con piel roja, la tortuga sintió su cuerpo vibrar los dibujos de su caparazón comenzaron a moverse, formando inscripciones que paulatinamente transmutaban en símbolos que irradiaban fuego. Cada segmento de su caparazón encajaba en una cadena de eslabones que dibujaban al tiempo, y esto se sabía por obviedad, nadie dudaba, ni sometió a pruebas aburridas lo que acontecía. Lograron elevarse hasta acoplarse de manera concéntrica a la corona. Cuatro de las gemas lanzaron un rayo de luz hacía cada uno de los corazones de los girantes, las otras cinco, resplandecieron. Cada uno de los elementos se aglomero hasta formar un disco que daba vueltas y ondeaba; ya no había formas reconocibles, tan solo se escuchaba música, luego el sonido se hizo más opaco hasta fragmentase en distintos tonos que poco a poco fueron perdiendo su diferencia para dejar tan solo un zumbido. El niño tiránico se tapó los oídos, y por curiosidad alzó la vista. No logró ver nada fuera de lo común, a excepción del sol resplandeciente de lo que parecía ser un nuevo día.

domingo, 22 de agosto de 2010

Recuerdo


El recuerdo viene como olas, tan solo el murmullo de olas, la brisa de las olas. De repente es como si fuera año nuevo, como si afuera se celebrara con bailongo la llegada de algo nuevo. Me encuentro sospechosamente tranquilo, o no sé si mi estado se debe a la aceptación de la sospechosa intranquilidad. Cumbia, imagino la fiesta, las parejas girando, botellas de bacardi en las mesas hechas un lado para ampliar la pista de baile, las camisas sudadas de las axilas, el ajuste periódico de los vestidos strapless. Me gustaría estar ahí, me hubiera vestido con una camisa blanca, unos pantalones oscuros y un cinturón con la hebilla discreta. Quizás estaría observando a un lado de la pista, en la banqueta, fumándome un cigarro y tomando cerveza en vaso de plástico o probablemente de unicel, porque ya para la madrugada se sirve café en estos vasos para acompañar el pastel. Mi atención iría hacía la mujer sentada en la mesa de alado, sería joven, de unos veinticinco años. La observaría de soslayo, esperando cualquier indicador de interés por mi presencia. Lo más común sería proponerle bailar, pero debido a mi falta de práctica con el baile me encontraría pensando en sentarme junto a ella, en la silla desocupada que sostiene un saco en el respaldo. Ese saco sería lo único que me detendría, pero al mismo tiempo suponer que viene acompañada y que aún así se encuentra sola, sería motivo de mi curiosidad hacía ella. Sigo sin entender porqué la soledad acompañada de una mujer es un aliciente para mi atención. Si juego al pensamiento invertido me doy cuenta que me estoy viendo en ella, porque ese saco de la silla de al lado bien pudiera ser mi saco, y entonces yo sería esa soledad que la acompaña ¿por qué querer estar donde ya me he ido? Pudiera culpar a la nostalgia, pero bien se sabe que la nostalgia no nos pertenece, pero pensar así me lleva a un nihilismo que hace inútil cualquier emoción, y cualquier acción que ésta promueva. El sentido de estar se tambalea debido al esquema un tanto rígido que impone la simultaneidad de la pertenencia con el estar. Si me conmuevo es porque creo estar allá, donde me veo, y es ese allá el que regresa con el recuerdo que es convertido en un suspiro inhalado que golpetea en el pecho y enciende la percepción del latido, la sangre fluyendo, la tormenta en el cerebro ¿Hasta dónde habrá que ir a traer la leña de este fuego? Creo que en cada respiro existe la posibilidad de alcanzar el recuerdo, es como echar el hilo de la caña al rio, que a su regreso puede arrastrar cualquier artilugio náutico que nos ayude a navegar.

sábado, 12 de junio de 2010


Desde la distancia que le concierne al tiempo, allá, desde esa simulación de lejanía que es el teatro de las tres pistas, me gusta considerarme fermento, sustancia en espera de la efervescencia espumosa que la delataría como completa.
Colgado del suelo, agarrado de donde supuestamente ya no se puede pasar, creando raíces a través de piedras para explanar lo profundo. Ahí, en ese lugar que se hace con hacer, distraigo a la hechura inevitable con racimos de palabrerías inútiles que son aceptadas por el viento como disimulo de su hambre perforada, toma desde dentro, introduce sus manos hasta las entrañas, hasta ahí le gusta llegar, tocando el fondo del ser, para llevarse un poco de él, hacía la cascada que es guiada por el beso de la luna. Abstraído, vuelto al ser, el ojo izquierdo fatiga su movimiento para callarse sanguinario, manso, las cifras de la mirada ciclope buscan encaje, la luna abre sus piernas, entra el plenilunio, los capilares oculares ondulan en su palpitar, la pupila abre su despertar para eclipsar lo evidente, debajo del agua cantaba la rana.

viernes, 26 de febrero de 2010

Pre_texto


Pre_texto
Según comprendo, si es que eso es posible, sin el afán de creer, no hay forma siquiera de encontrar la motivación suficiente para inventarse un diálogo. Pero bueno, habrá que confesarme un mentiroso, un farsante que se escabulle entre las rendijas del espectáculo con aliento a fármaco, a medicina hecha polvo para no incomodarse en moliendas. Las mentiras no se engullen al igual que las verdades, a las mentiras hay que inventárselas. Las verdades ya están hechas, vienen en píldoras recubiertas con sabores diversos; me gustan las de chocolate, a esas es fácil confundirlas con dulces de leche, pero cuando se acaba la cubierta, revelan su condición de amargor casi insoportable. Ese sabor sintético que sabe a engaño. En vano molestarse o tratar de escupir, lo mejor, según mi experiencia, es engullir y ser paciente, casi siempre el cuerpo, si es que se tiene uno, se encarga del resto mediante sus múltiples formas de excretar. Hay quien comienza a arquear, y luego de unos momentos, le viene un vómito que acarrea líquido biliar. Otros, afirman sentirse reconfortados por el reto que conlleva no hacer gestos ni dar señales de incomodidad. Y otros tantos, pero no muchos, dicen que ese amargor es dulce. Claro está, que a la mayoría les da por escupir y carraspear, en un intento desesperado por eliminar ese sabor a muerto. El problema con la negativa a aceptar el sabor, es que al paso de los días, cuando se habla o se platica, ocurre la reminiscencia inadvertida, de hecho, es tan sorpresiva, que se antoja culpar al ambiente, pero como no se encuentra correspondencia en al ambiente con el fruncimiento del rostro que ese mal sabor de boca provoca, lo que regularmente se hace es disimular. Aunque lo único que se consigue al disimular es desviar el fruncimiento a algún otro lado, ese otro lado puede encontrarse en el mismo cuerpo, pero si éste no da señales de vida, el otro lado se convierte en destino, en un futuro igual de sorpresivo que el amargor restringido.
Las mentiras, serían la alternativa cuando no se tiene ningún fármaco a la mano. Las mentiras, esas si, encuentran correspondencia con el ambiente porque vienen de allí, no del ambiente en sí mismo, sino de la correspondencia con él. El ambiente, regularmente se encuentra muy ocupado. Durante el día, y también por la noche, debe cubrir muchos pendientes. No sé si el ambiente esté de acuerdo del todo con lo que estoy diciendo aquí sobre sus ocupaciones, pero en esta ocasión me tomare el derecho, además, considero que las acciones individuales son las que menos le importan. La correspondencia con el ambiente es algo complicada, pero cuando se da, parece ser lo más simple, tanto así, que se olvidan los reclamos que se podrían tener por su falta de atención. Cuando se logra que algún comunicado de nuestra parte tenga relevancia, y logre hacer eco, esto es, que se vuelva a oír lo que decimos, nosotros los humanos sentimos un alboroto en la entrañas; el corazón se agita y nos vivimos relevantes. Hago la aclaración, que todo lo demás existente, también se agita y se conmueve, pero este palpitar no es momentáneo, ni sucumbe ante cavilaciones que giran en torno a la propiedad o la impropiedad. Tampoco lo existente considera al eco como una contestación o constatación de respuesta. Por eso, lo humanos no podemos saber de verdades, porque nos las tomamos muy en serio, las queremos tomar en horarios fijos, de una manera aséptica, y de aquí nuestra mayor estupidez: sin involucramientos, que es el principal requisito del ambiente para su correspondencia. Entonces habrá que contar las cosas mintiendo, para que no se tomen muy en serio, y así quizás la verdad quepa en el cuerpo.

lunes, 22 de febrero de 2010

De regreso


Allá voy de regreso, al ciclo sin tiempo, al aliento es-fumado que implora encuentro Temblor maxilar, escozor sin rumbo, musicalidad del averno Letreros que son como botella al agua Mentiras que se ciñen al pecho para nada, trazos del impulso que dialogan con el titiriteo tartamudo trotamundos Harto de las conjunciones y los porqués y después para qué. La puntería miope me viene de familia me lleva a la busqueda del sentido, prefiero ignorarla, es mejor dar un volantazo y luego otro aunque sea en la misma dirección, no importa si lo que consigo es dar vueltas, pero así quizás consiga el mareo, el vomito excretor que martilla en los avistamientos del aullador Ignoro la gracia de la escritura Prefiero por ahora deshacer la compostura aún-qué no traiga rimas farolas para las moscas para las polillas que se ofuscan enfocándose con las luces de los faros puercos o puertos qé más damos Si me pierdo ya estoy perdido I ahí voy a justificarme tratando de abrir tratado para tratar de ser tratado con cuidado Esto ocurre cuando escribes sin imágenes Tarasqueando para taracear ave_r si así asimos y asistimos al encuentro del cuervo lunar que coloca sus garras en el marco de la ventana para graznar Fisgonea queriendo entrar, revolotea y va de aquí para allá. Cierro los ojos y lo veo, los abro y ya no esta, le pregunto por qué te vas, no responde y ahora parece aullar, aunque el jadeo por debajo de este conjeturar entre el graznar y el aullar, se escucha por debajo de estas sabanas sin limpiar. Al quitar las sabanas Rocas grises que esas si, parecen hablar. La lenguas paladean las guirnaldas azucenas gardenias que se guarecen en las fauces para incitar la curiosidad Cueva de alientos oleosos lagrimas que se escurren con cada palpitar Colores que hace un rato_por dios_lo juro estaban ahí de verdad. Hay algo que parece no cambiar Un olor a muerto que tiene manos El rostro es el que, a pesar de sus intentos, no se puede mostrar Empuja y empuja como neonato cuando su placenta no puede rasgar.