
Consejo en forma de enigma: “para no romper la atadura, primero tienes que morderla”.
F.Nietzsche
Hoy no me preocupan mis planes, si empujo estas letras es con el afán de arrear la yunta con los dos bueyes de siempre, intentar crear la mitología buscada, para ver los rostros de esos dioses que se escriben con minúscula porque no tienen importancia. Todo sea para atar la caja de Pandora y elevarla hasta las alturas en donde su apertura haga el menos daño posible, sin embargo esta acción en búsqueda de protección hacía los otros es bastante sospechosa, porque elevaría la inmundicia, la colocaría en lo alto, en donde se pondría al mismo nivel que la superficie. Cómo otorgarle el prestigio del significado a aquello que había sido relegado, abandonado en espera de reconocimiento.
No hay más remedio, habrá que poner escaleras del sótano a la terraza. Habrá que explicarle al tiránico monopolio que existe diversidad de órdenes que ya están dispuestas a comenzar a subir la escalonada. Lo que sorprende al monopólico tirano, que en esta ocasión se disfraza de niño con una corona ridículamente grande en proporción a su cabeza, es que las entidades que llevaban tanto tiempo resumidas en lo profundo no apresuran sus pasos, es más, se toman el tiempo suficiente para acicalarse para su inminente presentación en las alturas. El niño coronado teme, observa el boquete abierto en el suelo. Teme el avistamiento de aquellos que despiden un olor a sangre, sudor y muerte. El agujero le recuerda la expulsión del cuerpo de su madre, le recuerda el exilio al que fue expuesto. La corona resbala de su cabeza y ahora lo abraza constriñéndole los brazos. Comienza a escucharse un silbido, un zumbido que desinstala la música superpuesta que hasta ese entonces se oía, un himno que hinchaba la sed de un triunfo ya ganado. Aquel zumbido vibrante comienza a abrirse, luego de esa apertura, vuelve a desdoblarse, y así sucesivamente hasta lograr tonos que luego se transforman en voces de igual manera vibrantes. Se escuchan cuchicheos, platicas acompañadas de sollozos irrisorios, carcajadas rupestres que desestiman la solemnidad. El primero en asomar la cabeza es el gorrión rojo, silba una tonada que expulsa de su pico sin abrirlo. El segundo, es el gato moteado, que con el destello de sus ojos esmeralda avisa la explosión de un rugido que más bien parece risotada. La tercera en salir es la tortuga que con una voz muy queda dice acordarse de algo que ya no recuerda. Luego, se escucha un bufido, la tierra tiembla, y en un instante aparece una mujer de piel roja que destella belleza por sus obscuros ojos rasgados. Un destello dorado sale del agujero, llega hasta el cielo y enciende los corazones de todos los ahí presentes. La corona, deja de aprisionar al niño que ya para ese entonces gemía porque se sentía desconsolado. La corona se levanta, gira hacía la izquierda y hace brillar sus nueve gemas. El gorrión rojo se conmueve tanto que abre el pico para decir: ¡Iren, ya se está lustrando la corona, hasta parece platillo volador! Mientras, el gato moteado saca una botella de mezcal y se la empieza a engullir. La tortuga se la quita de las manos, y también le da un sorbo, para luego exclamar con los ojos saltados que ya se acuerda de todo. ¡Cuéntanos!, le dice la mujer de piel roja. Amigos míos, hay que hacer un circulo y girar tan rápido como la corona, comenta la tortuga con la voz un poco barrida. Órale, ruge el gato moteado, a las tres, pero no nos vayamos a tropezar porque yo ando un poco mareado. Todos cuentan, menos la mujer de piel roja que se encuentra un poco desconcertada por el comportamiento de sus compañeros. Haber, ¡Cálmense!, dice ella. No te apures, mira, nomás dale un traguito al aguardiente y vas a dar vueltas aunque no quieras, grita el gorrión rojo que ya abre el pico para todo, aunque no esté hablando. Sus plumas, se separan de su cuerpo porque al parecer tiene mucho calor. ¡Pareces gallina culeca! Vocifera el gato moteado, al mismo tiempo que tose porque el aguardiente le raspó la garganta. La mujer de piel roja, accede y también se atraganta de mezcal, para luego decir ¡Ora si cabrones, vamos a girar! Todos se toman de las manos, comienzan a dar vueltas, ¡Más Rápido!, dice el gorrión que con sus alas a todos ayuda a volar. Giran y giran, hasta logar cierta uniformidad, pero la tortuga dice que quiere vomitar, esconde su cabeza en el caparazón, sus patas ya no tocan tierra, y eso parece asustarla. Del orificio del caparazón se puede observar el vomito chorrear ¡Sigan, sigan! Grita contento el gato moteado, que al sentirse tan entusiasmado pudo olvidarse de lo mareado ¡Ya no puedo con ella!, exclama la mujer de piel roja, refiriéndose a la tortuga, que parece estar inconsciente. Si no despierta, tendré que soltarla, es muy pesada, dijo ella. Si no la sueltas, no podremos elevarnos más, sugirió el gorrión, que para ese entonces su cuerpo parecía rodearse de un resplandor naranja ¡Te estás quemando!, se burló el gato, que ahora despedía una luz verdosa de sus ojos. Se escucho un grito, la mujer de piel roja ya había soltado a la tortuga ¡No se distraigan!, gritaba el gorrión ya enardecido. A pesar de sus esfuerzos por mantenerse elevados, comenzaron a descender, a la vez que la tortuga caía en picada. De repente, ocurrió algo inesperado, al caparazón de la tortuga le salieron un par de alas. Ella sacó la cabeza de su escondite, parecía igual de sorprendida que todos lo demás ¡Continúen girando!, a la tortuga le pueden salir rizos de oro, pero ustedes sigan dando vueltas, exclamó el gorrión encendido. Las alas de la tortuga empezaron a moverse, y justo cuando estaba a punto de estrellarse, logró levantar el vuelo, y como una avioneta ascendió rápidamente para incorporarse al círculo que ya venía cayendo en la forma en que caen las semillas de fresno. Al tocar las manos de la mujer con piel roja, la tortuga sintió su cuerpo vibrar los dibujos de su caparazón comenzaron a moverse, formando inscripciones que paulatinamente transmutaban en símbolos que irradiaban fuego. Cada segmento de su caparazón encajaba en una cadena de eslabones que dibujaban al tiempo, y esto se sabía por obviedad, nadie dudaba, ni sometió a pruebas aburridas lo que acontecía. Lograron elevarse hasta acoplarse de manera concéntrica a la corona. Cuatro de las gemas lanzaron un rayo de luz hacía cada uno de los corazones de los girantes, las otras cinco, resplandecieron. Cada uno de los elementos se aglomero hasta formar un disco que daba vueltas y ondeaba; ya no había formas reconocibles, tan solo se escuchaba música, luego el sonido se hizo más opaco hasta fragmentase en distintos tonos que poco a poco fueron perdiendo su diferencia para dejar tan solo un zumbido. El niño tiránico se tapó los oídos, y por curiosidad alzó la vista. No logró ver nada fuera de lo común, a excepción del sol resplandeciente de lo que parecía ser un nuevo día.



